Como en este libro no se va a hablar de la corrupción internacional, el tráfico de armas, la falta de honestidad y transparencia de los políticos y sus negociados y tampoco se hará un panegírico contra el tráficos de drogas, de «blancas» o de bebés… sólo voy a decirles lo que me tiene podrido de la escuela y, en consecuencia, las cosas que me tienen podrido de mí y de los detalles que día a día nos agobian. Mis pequeñas miserias, que junto a las de los demás, construyen malestar. La sensación de vacío, de desprecio y de fracaso que debemos superar los docentes, de la misma manera que debemos superarlas los padres. Los diminutos conflictos cotidianos que hacen de lo que podría ser un paraíso, un infierno en pantuflas.
Porque ¿dónde aprende un corrupto a serlo? Y el que no lo es, ¿dónde aprendió a ser así, honesto, incorruptible, aun en las pequeñas cosas? «Idealistas» los llamábamos en una época. Porque si el «bien» se aprende en la escuela… ¿dónde será que se aprende la corrupción?
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